Como cristianos en este mundo, vivimos con esperanza. Aquí, somos peregrinos y extranjeros. El cielo es nuestro hogar, y no buscamos nuestra máxima realización en la presente vida terrenal. Un aspecto de nuestra esperanza, y lo que hace que la esperanza cristiana sea completamente única, es la futura resurrección corporal. El cristiano no solo cree en una vida futura en la cual, después de nuestra muerte, nuestras almas continuarán existiendo en el cielo. Pero creemos, basados en las Escrituras, que nuestros cuerpos terrenales en los que vivimos hoy serán resucitados de la descomposición y el polvo de la tumba y que, en nuestra carne, veremos a Dios. La muerte y la tumba no son el fin para nuestros cuerpos. La tumba no tendrá la victoria. Morir como creyente, morir en el Señor y morir con esperanza significa que nuestros cuerpos serán resucitados y hechos semejantes al glorioso cuerpo de Jesucristo. Esa es nuestra esperanza. En el momento en que Jesús regrese sobre las nubes del cielo, su primer trabajo será levantar nuestros cuerpos de la tumba y modelarlos como su cuerpo glorioso para llevarnos a la gloria eterna consigo mismo.
