El problema de la relación entre el individuo y la colectividad se da por sentado en la especulación humana. El hombre siempre ha estado interesado en determinar la correlación entre su individualidad y su pertenencia al grupo social. Lejos de encontrar una contradicción entre ambas, siempre ha comprendido que existe una afinidad innegable entre ellas.
En los asuntos humanos, especialmente, es fundamental determinar exactamente dónde comienza y termina la importancia del individuo y dónde la colectividad asume el control. Nunca se debe perder de vista que los intereses del individuo (esto no se aplica a ciertos individuos específicos) y los de la sociedad no son absolutamente los mismos. Cualquier teoría que a priori afirme que el individuo debe ser absorbido por la sociedad, o viceversa, que el individuo debe liberarse de toda restricción social, no reconoce la verdadera relación entre ambos.
Los intereses del individuo, si se consideran en su totalidad, coinciden en cierta medida con los de la sociedad. Al contrastarlos, no se habla de dos entidades completamente separadas, sino de dos aspectos de una entidad compleja. En la medida en que un individuo se desarrolla en una sociedad dada, debe hundir sus raíces en ella; por otro lado, todos los valores verdaderos son, en última instancia, personales, es decir, se desarrollan en una persona, el único objeto de todas las leyes e instituciones. Así como cada miembro de la
